Benditos todos los animales de la Tierra.

Así le contaba un monje a su más preciado compañero, su elefante, “Benditos todos los animales de la Tierra”. Y con esta misma frase comenzaba cada tarde su lectura ante su amigo y su inseparable compañero de vida. Ambos nacieron el mismo día y a la misma hora y uno cuidaba del otro como si fueran hermanos gemelos. ¿Quién sabe…?
El pequeño monje se sentía solo y le costaba relacionarse con los demás niños consolando sus penas con el único amigo que le escuchaba y que estaba a su lado en todo momento. Tanto era así, que cada tarde cuando comenzaba a caer el Sol, se iban en busca de ese lugar que sólo ellos conocían, y allí, pasaban horas y horas sin que apenas se dieran cuenta del tiempo transcurrido sumiéndose en un entorno armónico de respeto y compasión, de dulzura y de grandiosidad, de gozo de vivir, y uno frente al otro descalzos a la vida, se unían en el espacio sagrado del corazón. Era su momento mágico y ambos se reconocían, creando una esfera compasiva y permitiendo que todo tuviera lugar en ellos. Después de entonar esa melodía los dos se ponían en pie y comenzaban su marcha enraizados a la vida, con dignidad, con silencio, y el pequeño monje comprendía…
Existen varias maneras de manifestar nuestra naturaleza divina y una de ellas es amando a todos los animales de la Tierra, a todos los seres vivos.
LUHEMA
Toda la dicha que hay en este mundo, toda proviene de desear que los demás sean felices;
y todo el sufrimiento que hay en este mundo, todo proviene de desear ser feliz yo.
Dalai Lama






















































